man covering face with his hands

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Escuchó el zumbido en su cabeza, incluso antes de abrir los ojos. Estaba acostado boca abajo sobre la alfombra en la sala y, al despertar por completo, se percató de la nota frente a él, una nota color amarillo y en ella una sola palabra: “Arriba”. Quiso tomarla, pero le interrumpió el color rojo en sus manos, las observó y trató de pensar en una explicación. Se levantó y miró a su alrededor desconcertado, no estaba seguro de dónde se encontraba.

La noche había llenado con su extraña calma el ambiente, el sonido de un golpe fuerte lo hizo estremecerse. Se encogió de hombros levemente mientras seguía oyendo golpes y pasos firmes acercándose, bajando por las escaleras. Su única idea en ese momento era tratar de esconderse… esconderse de lo que fuera que bajara con tal decisión.

Corrió detrás del muro medio que dividía a la cocina, mientras aquellos pesados pasos continuaban acortando la distancia. Con miedo, pero curiosidad, se asomó cautelosamente por el costado de la pared que le servía para ocultarse. Las pisadas habían finalizado el recorrido por las escaleras, cada vez más cerca y más cerca… Nada. Segundos de extrañeza y confusión pasaron… nada. El silencio se apoderó del lugar, interrumpido solo por el sonido de su corazón que galopaba a prisa.

Lentamente volvió a levantarse y con cautela trató de encender las luces, sin embargo, ninguna funcionaba. Su instinto le hizo buscar por la cocina algo con lo cual protegerse de lo que fuera que había escuchado, defenderse y salir de ahí.

Estantes semivacíos, platos acumulados y manchas de sangre por doquier. El desorden era una constante y más aún el olor a putrefacción, trató de adivinar de dónde venía, notó que la puerta del congelador se había quedado abierta, mas no se animó a mirar. Al girarse notó que sobre la barra se encontraba una fila de cuchillos perfectamente formados y limpios que reflejaban con una ligera línea la luz del exterior. Sobre uno de ellos –en el más grande– otra nota, apenas legible en la oscuridad: “Te espera”. Una extraña tentación invadió su cabeza.

Interrumpieron los golpes, otra vez los golpes, secos, de odio, que retumbaban en su cabeza; corrió de nuevo, pero su intención ya no era esconderse, sino escapar. La puerta trasera estaba enseguida a la cocina, aparentemente la mejor opción, al menos la más cercana. Al intentar abrirla, una figura golpeó el cristal desde el exterior. Lucía como una mujer, horrible, cara desfigurada, con golpes y heridas profundas que se notaban tanto en el rostro como en los brazos que insistían en la puerta con desesperados movimientos descoordinados. Aquella repentina aparición hizo que cayera de espaldas, entre los desalentados alaridos y los golpes y pasos acercándose, corrigió su curso y corrió hacia la puerta delantera.

Ahora los pasos y golpes parecían acercarse por el frente también, se arrepintió  y, como último recurso, se escondió en el baño. Dentro se arrinconó en el suelo, abrazándose las rodillas y escondiendo la cabeza en ellas, mientras los sonidos de golpes se acercaban a la puerta y comenzaron a tocarla, cada vez más rápido y fuerte, la frecuencia era tal que parecía que la derribarían.

–¡Déjame en paz! –gritó con cierto odio y el silencio invadió. Aún en la esquina y con la respiración agitada, observó la puerta, esperó unos segundos para acercarse a la misma en cuclillas. Pegó la oreja en la fría madera para oir mejor, aunque se encontró con la aparente soledad. Las manos le temblaban, recordó lo manchadas que las tenía y rápido dispuso a lavárselas. El agua teñida de rojo se iba por la tubería y, al levantar la mirada, observó una nota más pegada al espejo: “¿Ya?”; la quitó y decididamente la tiró a la basura. Volteó a la puerta y la abrió despacio, observó alrededor, no había nada, ni nadie.

Despacio se acercó de nuevo a la puerta del frente, solo para enterarse con que también estaba cerrada; miró a la mesa a un costado y halló una cuarta nota: “¡Llaves!”; a un lado de ella una argolla, acompañada por un dedo mutilado. Con la cara transfigurada por el desagrado, dio un par de pasos hacia atrás, miró por un instante las escaleras, algo en ellas le llamaba, pero también le asustaba. Regresó a donde había despertado. Buscó en la bolsa de su chamarra su celular, mas se topó con un quinto mensaje escrito: “Te estoy esperando”; la apretó y dejó caer al suelo. Enseguida se escuchó un teléfono sonar, venía de arriba, se acercó a las escaleras y, al pie de estas, una indicación: “Sube”.

No parecía haber otra opción más que hacer caso al pequeño papel. Sus pasos hacían eco mientras subía, sonaba exactamente igual a los pasos que había escuchado antes, pero lentos.  El sonido del teléfono era constante y lo llevó a la primera puerta, entró y dejó de sonar. Levantó el teléfono del suelo, ya no encendió.

–¡Auxilio! –se escuchó el cansado y apenas audible grito de una mujer entre llantos. Salió de la habitación y los golpes y pasos empezaron a retumbar de nuevo. Rápido se metió al cuarto de donde provenía la petición de ayuda, al entrar se encontró con una mujer sentada en una silla, con las manos atadas a la espalda y una mordaza floja.

–Ya no más, por favor –decía la mujer entre llanto y miedo.

–Te voy a ayudar– le dijo nerviosamente mientras intentaba desatarla.

–¡No! Aléjate de mí, ya no quiero, ya no –insistía la mujer. Los golpes retumbaron en la puerta, la mujer apenas podía gritar debido al cansancio. La puerta se abrió azotándose y pudo verse el cuchillo grande… con otra nota acompañándolo.

Una extraña atracción le llenó e hizo que se acercara a dicho objeto, se agachó para leer: “Es hora de jugar”. Tomó el cuchillo, lo miró por un instante, levantó la cara y su expresión cambió por completo, como si se tratara de otra persona. Los músculos no parecían bastarle para sonreir, una sonrisa descontrolada, perversa. Se puso de pie con el cuchillo empuñado firmemente y caminó hacia la mujer que aún sollozaba.

Mientras se le acercaba, en la bolsa trasera de su pantalón, se lograba apreciar un bloc de notas amarrillas y un marcador negro. La puerta se cerró.

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